El emperador Kaia, al borde de la muerte, pidió a su guardián Isai que protegiera el Imperio de la Luz Sagrada durante tres años y le ofreció a su hija Sofía como esposa. Durante ese tiempo, Sofía lo despreció por considerarlo un inútil. Al cumplirse el pacto, Isai se marchó. Solo entonces Sofía descubrió que el hombre al que había despreciado era el verdadero dios que había protegido su imperio.